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Cuando el dinero no alcanza, vuelve el trueque: Pilar reactiva una postal que remite al 2001

Economía

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Vecinos de Villa Astolfi impulsan este sábado una jornada para intercambiar productos y servicios sin necesidad de dinero. La iniciativa surgió después de asambleas organizadas por Libres del Sur y de un relevamiento del ISEPCI sobre 1.301 hogares bonaerenses: 43% de los consultados afirmó que sus deudas ya afectan la compra de alimentos. La experiencia es todavía local y limitada, pero expone nuevas estrategias domésticas frente al deterioro del poder de compra.

Ropa a cambio de harina. Un artículo para bebé por alimentos. Un servicio a cambio de otro producto que una familia necesita pero ya no puede comprar.

Veinticinco años después de que los clubes de trueque se convirtieran en una de las imágenes sociales más reconocibles de la crisis de 2001, una experiencia de intercambio sin dinero vuelve a organizarse este sábado en Pilar, provincia de Buenos Aires.

La jornada está prevista en la Sociedad de Fomento de Villa Astolfi y surgió a partir de asambleas barriales impulsadas durante julio por Libres del Sur. Sus organizadores crearon posteriormente un grupo de WhatsApp denominado “Club del Trueque”, desde donde los participantes comenzaron a ofrecer productos, informar necesidades y acordar algunos intercambios antes del encuentro presencial.

No se trata, por ahora, del regreso de una red nacional comparable con la de 2001. Es una experiencia localizada en un barrio de Pilar. Pero su aparición adquiere relevancia por aquello que expresa: familias que vuelven a buscar mecanismos de consumo por fuera del dinero porque una parte de sus ingresos ya no alcanza para cubrir las necesidades cotidianas.

De una asamblea barrial a un mercado sin pesos

La iniciativa comenzó durante las reuniones realizadas alrededor de los feriados del 9 y 10 de julio, donde vecinos discutieron dificultades económicas, endeudamiento y acceso a los alimentos.

De esos encuentros surgió la propuesta de recuperar una herramienta sencilla: cada persona lleva aquello que tiene y busca aquello que necesita, sin que el dinero sea obligatoriamente el intermediario del intercambio.

Según la información difundida durante los días previos, el grupo de WhatsApp llegó a reunir a 72 personas en aproximadamente tres semanas, mientras alrededor de 50 habían reservado espacio para ofrecer productos o servicios. Un reporte anterior, publicado cuando recién comenzaba la convocatoria, registraba más de 25 inscriptos, lo que muestra el crecimiento progresivo de la iniciativa.

La Sociedad de Fomento de Villa Astolfi aporta el espacio físico y los tablones para organizar los puestos.

El mecanismo no excluye completamente al dinero. Quienes participen podrán efectuar intercambios directos y, en determinados casos, también realizar ventas convencionales.

El modelo, por lo tanto, no pretende reemplazar integralmente al mercado tradicional: busca generar una vía complementaria para aquellas personas que poseen bienes, conocimientos o capacidad de ofrecer servicios, pero disponen de poco efectivo.

“La gente ya no tiene plata para consumir”

Ana Barreto, referente de Libres del Sur en Pilar, explicó que la idea surgió desde los propios vecinos.

“La idea de empezar con el Club del Trueque surgió de vecinos y vecinas en una asamblea”, afirmó.

La dirigente vinculó directamente la aparición del intercambio con las dificultades de consumo que observa en los barrios.

“La gente ya no tiene plata para consumir”, sintetizó Barreto.

La frase resume el diagnóstico de los organizadores, pero el fenómeno merece una lectura más amplia: el trueque aparece cuando una persona todavía posee algún bien, capacidad productiva o servicio con valor para otro, pero carece de liquidez suficiente para realizar una compra convencional.

Es allí donde una prenda usada, alimentos producidos en el hogar, trabajos manuales o servicios pueden transformarse temporalmente en unidades de intercambio.

Cuando la ropa se cambia por comida

Algunas de las propuestas conocidas dentro de la red muestran que los alimentos ocupan un lugar central.

Una participante llegó a ofrecer un enterito de bebé a cambio de un yogur bebible y un paquete de galletitas. También aparecieron intercambios de pantalones y otras prendas por harina, azúcar y productos básicos.

Son ejemplos particulares y no permiten describir por sí solos la situación de toda una sociedad. Sin embargo, resultan significativos porque el bien buscado ya no es necesariamente un producto secundario o recreativo: en algunos casos, el objetivo del intercambio es conseguir comida.

La lógica económica es elemental.

Una familia puede tener ropa que ya no utiliza, una herramienta, un electrodoméstico pequeño o algún producto de elaboración propia. Ese objeto quizá tenga poco valor de reventa o resulte difícil convertirlo rápidamente en pesos, pero puede ser útil para otra persona.

El trueque elimina temporalmente ese paso.

No genera nuevos ingresos: redistribuye entre participantes los recursos que cada uno ya posee.

El relevamiento que impulsó las asambleas

La organización vinculó la aparición del Club del Trueque con los resultados de un estudio elaborado por el Instituto de Investigación Social, Económica y Política —ISEPCI—, perteneciente a Libres del Sur.

El relevamiento se realizó entre el 27 y el 29 de mayo de 2026 mediante entrevistas personales a referentes de 1.301 hogares de diferentes puntos de la provincia de Buenos Aires. La investigación incluyó distritos del Conurbano y ciudades como La Plata, Mar del Plata, Pergamino, Bahía Blanca, Olavarría y otras localidades bonaerenses.

Debe hacerse una aclaración metodológica importante: se trata de un monitoreo elaborado por una organización social mediante una metodología de investigación-acción participativa. No es una estadística oficial del INDEC ni corresponde extrapolar automáticamente sus porcentajes al conjunto de la población argentina.

Dentro de la muestra relevada, sin embargo, los indicadores reflejan niveles elevados de dificultades económicas y alimentarias.

El 86% declaró dificultades para llegar a fin de mes

El ISEPCI preguntó a los hogares cómo describían su capacidad económica durante el mes anterior.

El 86% manifestó alguna situación de estrés económico: 47% señaló que necesitaba endeudarse para llegar a fin de mes y otro 39% respondió que conseguía hacerlo ajustando gastos considerados no esenciales.

Solamente el 2% afirmó llegar con comodidad y capacidad de ahorro, mientras otro 12% dijo llegar justo, sin margen disponible.

El endeudamiento ya no aparece exclusivamente relacionado con la compra de bienes durables o consumos extraordinarios. En una parte significativa de los hogares consultados, comenzó a funcionar como herramienta para atravesar el mes.

Ese proceso adquiere otra dimensión cuando las obligaciones financieras empiezan a competir directamente con los alimentos.

El 43% dijo que sus deudas afectan lo que puede comer

Ante la pregunta sobre si las deudas formales o informales condicionaban la compra de alimentos, 43% de los hogares consultados respondió que ya no podía adquirir toda la comida necesaria como consecuencia de esas obligaciones.

Otro 30% reconoció estar endeudado, aunque sostuvo que por el momento esa situación no afectaba su alimentación. El 17% manifestó no tener deudas y el 10% restante prefirió no responder.

El estudio también identificó diferentes mecanismos utilizados para comprar comida:

16% recurrió al fiado, 14% a tarjetas de crédito y 20% necesitó asistencia de comedores, merenderos, familiares u otras redes de ayuda. Un 6% declaró haber vendido bienes para conseguir alimentos.

Es justamente en ese punto donde el trueque adquiere otra lectura.

Cuando vender un objeto para conseguir dinero se vuelve difícil, intercambiarlo directamente por aquello que hace falta puede convertirse en una estrategia inmediata de supervivencia doméstica.

Ocho de cada diez hogares relevados presentaron inseguridad alimentaria

El informe del ISEPCI definió la inseguridad alimentaria a partir de indicadores como la reducción involuntaria de porciones o la necesidad de eliminar alguna comida por falta de recursos.

Según ese criterio, el fenómeno alcanzó al 80% de los 1.301 hogares incluidos en el monitoreo.

El estudio registró además que:

70% redujo el tamaño de alguna porción por falta de dinero.

66% señaló que algún integrante de la familia tuvo que saltearse al menos una comida durante el último mes.

77% declaró haber dejado de consumir algún grupo de alimentos —entre ellos carnes, lácteos, frutas, verduras, cereales o legumbres— por motivos económicos.

La magnitud de esos porcentajes debe interpretarse dentro de la muestra específica del estudio y no como un dato nacional.

Aun con esa salvedad, el relevamiento pone en evidencia que para los hogares entrevistados el problema no se limita a cuánto suben los precios: también importa cuánto ingreso queda disponible después de pagar alquileres, servicios, créditos, tarjetas y otras obligaciones.

El empleo formal tampoco garantiza escapar del problema

Otro de los resultados destacados por el instituto es la incidencia de la inseguridad alimentaria dentro de hogares cuyo principal sostén posee empleo registrado.

La muestra estaba integrada por 367 hogares con un trabajador formal como principal aportante. De acuerdo con el ISEPCI, seis de cada diez de esos hogares presentaban algún nivel de inseguridad alimentaria.

La observación resulta políticamente sensible porque desplaza el problema desde la falta absoluta de empleo hacia otra discusión: la capacidad real del salario para sostener las necesidades de una familia.

Tener trabajo y recibir un ingreso periódico continúa ofreciendo una protección decisiva frente a la vulnerabilidad. Pero los datos del relevamiento sugieren que, dentro del universo observado, esa condición no alcanza en todos los casos para asegurar una alimentación estable y diversa.

Mujeres, deudas y economía familiar

Los organizadores también destacan el peso que las estrategias de subsistencia tienen sobre las mujeres, que en numerosos hogares administran las compras cotidianas.

Según relató Barreto, algunas recurren a aplicaciones de préstamos para comprar alimentos y, cuando comprenden que no podrán devolver las obligaciones, terminan abandonando esas herramientas y regresando a mecanismos tradicionales como el fiado del almacén del barrio.

Allí aparece otro elemento que la economía formal no siempre registra: la confianza personal.

El comerciante conoce a la familia, sabe aproximadamente cuándo cobra una asignación, un salario o una jubilación y acepta postergar el pago.

El trueque lleva esa misma lógica comunitaria un paso más lejos: no hay deuda futura porque el intercambio ocurre en el momento.

Una práctica nacida antes de 2001

Aunque en la memoria colectiva argentina los clubes de trueque quedaron estrechamente asociados con la crisis de diciembre de 2001, el fenómeno había comenzado varios años antes.

Investigaciones registradas por el CONICET ubican el surgimiento de las primeras redes organizadas en 1995, como espacios destinados al intercambio de bienes y servicios sin utilización de dinero. Su crecimiento fue sostenido durante la segunda mitad de los años noventa y se aceleró extraordinariamente con el estallido económico y social de 2001.

En enero de 2001 se contabilizaban alrededor de 500 nodos y unos 320.000 participantes. Durante el período más crítico, la red alcanzó dimensiones de millones de personas, aunque posteriormente sufrió problemas de sobreexpansión, falsificación de créditos internos, escasez de productos y pérdida de confianza.

Aquella experiencia fue un sistema social de una escala incomparablemente mayor a la pequeña iniciativa que hoy comienza en Pilar.

Por eso, establecer que “volvió el 2001” a partir de una jornada barrial sería una conclusión exagerada.

Lo que sí vuelve es una de las respuestas sociales que aquella crisis convirtió en símbolo.

Parecidos que impactan, diferencias que importan

La comparación con 2001 surge inevitablemente porque la imagen es poderosa: personas intercambiando bienes porque el dinero escasea.

Pero los contextos no son idénticos.

Los clubes de trueque de comienzos de siglo se expandieron dentro de una economía atravesada por recesión prolongada, desempleo masivo, crisis bancaria, restricciones al acceso a depósitos, caída de la convertibilidad, monedas provinciales y un colapso político de enorme magnitud.

La experiencia actual de Villa Astolfi, en cambio, es una iniciativa comunitaria localizada cuya dimensión todavía debe medirse.

No existen elementos suficientes para afirmar que se está reproduciendo a escala nacional el sistema de trueque de aquella época.

La comparación seria no debe hacerse por equivalencia macroeconómica, sino por la aparición de conductas de subsistencia semejantes cuando una parte de la población siente que el circuito monetario convencional ya no le permite satisfacer todas sus necesidades.

De WhatsApp a la feria del barrio

Hay, además, una diferencia tecnológica importante.

Los clubes de la década del noventa necesitaban nodos físicos, carteles, organizaciones territoriales y redes de contactos para saber qué ofrecía cada participante.

Hoy esa negociación puede comenzar antes de salir de casa.

El grupo de WhatsApp permite que alguien publique qué tiene disponible, qué necesita y con quién podría realizar el intercambio. Algunos acuerdos llegan prácticamente cerrados a la feria.

La tecnología acelera una práctica económica antiquísima.

Lo nuevo no es el trueque. Lo nuevo es la velocidad con la que una red barrial puede organizarlo.

La experiencia podría extenderse

Los impulsores anticiparon que, si la jornada obtiene una respuesta favorable, buscarán sostenerla con una frecuencia semanal o quincenal y llevarla a otros barrios.

También existe interés en experiencias similares desde localidades próximas, entre ellas sectores de Malvinas Argentinas.

La posibilidad de expansión dependerá fundamentalmente de una variable: que exista suficiente diversidad de productos y servicios para que el intercambio resulte útil.

Un sistema de trueque funciona cuando quien ofrece algo encuentra aquello que necesita y, simultáneamente, existe otra persona interesada en recibir lo ofrecido.

Esa coincidencia es más difícil que una compraventa convencional, donde el dinero funciona precisamente como intermediario universal.

Por eso, estas redes suelen necesitar coordinación, volumen de participantes y mecanismos que permitan conocer previamente la oferta disponible.

Solidaridad, pero también economía de necesidad

Los organizadores destacan el componente comunitario de la experiencia.

La Sociedad de Fomento mantiene antecedentes vinculados con merenderos, comedores y asistencia vecinal, mientras las ferias populares funcionan desde hace años como espacios donde emprendedores producen y comercializan por fuera de las estructuras tradicionales.

El trueque incorpora una herramienta adicional.

Pero sería insuficiente describirlo exclusivamente como una celebración de la solidaridad.

Cuando una persona entrega ropa para conseguir harina, azúcar, leche o galletitas, la escena también refleja una restricción económica.

El intercambio puede ofrecer una solución concreta a corto plazo. No resuelve, sin embargo, el problema estructural de los ingresos.

Una economía doméstica puede complementar sus necesidades mediante trueque; difícilmente pueda pagar con esa herramienta alquileres, electricidad, gas, transporte, impuestos o medicamentos adquiridos dentro del circuito formal.

El trueque ayuda a sobrevivir, pero no reemplaza al salario

Ese es probablemente el límite más importante de la experiencia.

El trueque permite poner en circulación bienes que de otro modo quedarían sin uso, conseguir determinados productos sin aumentar el endeudamiento y crear redes de colaboración entre familias.

También puede sostener pequeños emprendimientos y generar una forma alternativa de acceso al consumo.

Pero no crea moneda, no incrementa el salario, no disminuye automáticamente las deudas ni modifica los precios del mercado formal.

Es una estrategia defensiva frente a una dificultad económica, no una solución macroeconómica.

Su crecimiento, paradójicamente, puede ser interpretado de dos maneras simultáneas: como una demostración de capacidad de organización comunitaria y como una señal de que existen hogares obligados a desarrollar herramientas extraordinarias para resolver consumos ordinarios.

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Una pequeña feria que plantea una gran pregunta

Villa Astolfi será este sábado el escenario de una experiencia todavía modesta.

Decenas de personas intentarán encontrar utilidad económica en aquello que tienen disponible y convertirlo directamente en aquello que necesitan.

No alcanza para hablar de un regreso masivo del trueque argentino. Tampoco corresponde utilizar un relevamiento territorial de una organización social como si describiera automáticamente a toda la Argentina.

Pero ignorar lo que representa sería el error contrario.

Cuando una familia cambia una prenda por comida, el dato importante no es solamente que reapareció el trueque. Es preguntarse por qué volvió a resultar necesario.

La Argentina de 2026 no es la Argentina de 2001 y cualquier comparación automática empobrece el análisis. Sin embargo, una sociedad también debe prestar atención cuando reaparecen mecanismos que quedaron grabados en su memoria durante sus momentos más difíciles.

El trueque puede ser solidaridad, creatividad y comunidad. Cuando empieza a utilizarse para conseguir alimentos básicos, también se transforma en una señal económica que merece ser escuchada.

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