
Anak Krakatoa vuelve a despertar y reaviva el temor por una tragedia que cambió al mundo
Redacción
Imagen satelital de NASA donde se observan las islas de Indonesia, Java y Sumatra. (Foto: AFP)
La actividad obligó a cerrar durante varios días ocho aeropuertos indonesios y provocó la suspensión de más de 3.000 vuelos. Las autoridades establecieron Alerta III, el segundo nivel más alto, que contempla un escenario de erupción inminente o en desarrollo y deja preparadas eventuales medidas de evacuación.
El episodio vuelve a poner bajo observación a uno de los sectores volcánicos más peligrosos del planeta. El antecedente que explica el temor se remonta a 1883, cuando el antiguo Krakatoa protagonizó una erupción de dimensiones extraordinarias.
El día en que Krakatoa estremeció al mundo
En el estrecho de la Sonda, entre las actuales islas de Java y Sumatra, se encontraba el volcán Krakatoa. Su actividad comenzó a intensificarse en mayo de 1883, con temblores, columnas de humo y explosiones que fueron aumentando progresivamente.
El 27 de agosto de 1883 llegó el momento culminante. Una serie de cuatro grandes explosiones destruyó prácticamente el volcán y su caldera. La más potente produjo un estruendo que, según los registros históricos, fue escuchado a más de 3.500 kilómetros de distancia.
La columna de cenizas llegó a superar los 80 kilómetros de altura y la energía liberada fue posteriormente comparada con la equivalente a unas 13.000 bombas de Hiroshima.
Pero la devastación no se limitó a la explosión.
El desplazamiento de enormes cantidades de material provocó una sucesión de tsunamis que alcanzaron hasta 40 metros de altura y arrasaron alrededor de 300 poblaciones costeras. Las estimaciones históricas sitúan en alrededor de 40.000 las víctimas fatales.
Una catástrofe con efectos en todo el planeta
La erupción también tuvo consecuencias mucho más allá del sudeste asiático.
La enorme cantidad de cenizas y partículas expulsadas a la atmósfera redujo la llegada de radiación solar y produjo un descenso de la temperatura global de aproximadamente un grado.
El fenómeno fue observado desde distintos puntos del planeta. Cambios en los cielos, atardeceres con tonalidades inusuales y alteraciones registradas por instrumentos meteorológicos permitieron a científicos de diferentes países estudiar los efectos de la erupción.
La tragedia tuvo además una característica inédita para aquella época: fue una de las primeras grandes noticias de alcance verdaderamente global. Los recientes cables telegráficos submarinos permitieron que la información sobre la catástrofe circulara con una velocidad hasta entonces desconocida.
Investigadores de distintos lugares comenzaron a intercambiar observaciones sobre los efectos atmosféricos de la erupción, aportando incluso cartas y dibujos de los cielos que observaban. Ese intercambio permitió formular nuevas preguntas sobre la circulación de las partículas volcánicas y los fenómenos atmosféricos capaces de transportarlas a enormes distancias.
Medio siglo después nació el “hijo” del Krakatoa
La destrucción del Krakatoa no significó el final de la actividad volcánica en la zona.
En 1927 apareció un nuevo volcán, que recibió el nombre de Anak Krakatoa, que significa literalmente “Hijo de Krakatoa”.
Desde entonces, su actividad ha sido intermitente y se convirtió en un foco permanente de vigilancia científica.
Uno de sus episodios más graves ocurrió en diciembre de 2018, cuando parte del cono volcánico se derrumbó hacia el mar. El desplazamiento de material provocó un tsunami que golpeó las costas de Java y Sumatra, dejando casi 500 muertos y decenas de miles de heridos.
Ese antecedente explica por qué cada nuevo período de actividad genera especial preocupación: el peligro no está únicamente en la erupción, sino también en la posibilidad de que un desprendimiento de material volcánico vuelva a desplazar grandes masas de agua.
Una amenaza que permanece bajo vigilancia
La nueva actividad del Anak Krakatoa volvió a colocar al volcán bajo una vigilancia reforzada. Su capacidad de generar fenómenos de gran magnitud mantiene en alerta a las autoridades indonesias, mientras los especialistas siguen la evolución de la actividad.
El episodio también recuperó viejos debates científicos. Entre ellos, la hipótesis de que los particulares colores del cielo representados por Edvard Munch en “El Grito” podrían haber estado inspirados en los efectos atmosféricos posteriores a la erupción de 1883.
Sin embargo, esa interpretación no es concluyente. Otros investigadores sostienen que las tonalidades observadas por Munch podrían explicarse por nubes estratosféricas nacaradas, un fenómeno que puede aparecer en las regiones nórdicas.
Más de un siglo después de aquella explosión que estremeció al planeta, el nombre Krakatoa vuelve a ocupar los radares científicos. Su “hijo” sigue activo y recuerda que, en una de las regiones volcánicas más dinámicas del mundo, una nueva erupción puede transformar rápidamente una amenaza latente en una emergencia.


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