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MPN 2023-2031: contar lo que queda no alcanza para ocultar lo que se está perdiendo

Gabriel Álamo reivindica que el Movimiento Popular Neuquino conserva 32 intendencias, la primera minoría legislativa y más de 88.000 afiliados. Los números existen. La discusión es otra: cuánto de ese poder sigue siendo realmente del MPN y cuánto pertenece ya a dirigentes que construyen su futuro electoral alrededor de Rolando Figueroa, Comunidad y Primero Neuquén. La derrota de 2023 inició una transición que puede convertir a 2027 en el punto de quiebre definitivo del partido que gobernó Neuquén durante seis décadas.
Análisis InfoGo Por Ale Carrupán

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Hay dos formas de mirar la situación actual del Movimiento Popular Neuquino.

Una consiste en contar lo que todavía conserva.

La otra, mucho más incómoda pero políticamente más útil, consiste en preguntarse cuánto de aquello que conserva podrá reproducir con su propio nombre cuando llegue la próxima elección provincial.

El flamante presidente partidario, Gabriel Álamo, eligió recientemente la primera mirada. Sostuvo que el MPN continúa siendo una fuerza central porque conserva 32 intendentes, la primera minoría en la Legislatura y más de 88.000 afiliados. Los datos forman parte del capital institucional que todavía mantiene el histórico partido provincial.

Pero las cifras, aisladas de su contexto, es una fotografía engañosa.

El problema del MPN no es solamente cuánto poder conserva en agosto de 2026. El problema es cuánto de ese poder seguirá perteneciendo al MPN después de las elecciones de 2027.

Y allí el diagnóstico cambia profundamente.

2023: el día en que el MPN perdió algo más que una elección

El quiebre comenzó el 16 de abril de 2023.

Después de aproximadamente seis décadas gobernando Neuquén, el MPN perdió la provincia frente a Rolando Figueroa, un dirigente formado dentro del propio partido que construyó por fuera de su estructura la herramienta electoral que terminó derrotándolo.

Figueroa obtuvo el 36,94%, mientras Marcos Koopmann consiguió alrededor del 34,4%.

La diferencia numérica fue relativamente estrecha.

La diferencia política fue gigantesca.

Porque el MPN descubrió que podía perder el gobierno provincial no frente a una fuerza antagónica, sino frente a una construcción formada en buena medida por dirigentes, cuadros políticos, intendentes, exintendentes y electores provenientes de su propia cultura política.

Eso convirtió la derrota en algo mucho más profundo.

Figueroa no destruyó el provincialismo neuquino: demostró que podía apropiarse electoralmente de buena parte de ese provincialismo sin utilizar el sello del MPN.

Ahí comenzó el verdadero problema.

El poder territorial sobrevivió a la derrota

El resultado de 2023 no dejó al MPN en ruinas inmediatamente.

Todo lo contrario.

El partido perdió la gobernación, pero salió de aquella elección conservando 33 municipios y comisiones de fomento, más de la mitad de los gobiernos locales que estaban en juego.

También consiguió 10 diputados provinciales, convirtiéndose en la principal bancada individual de la Legislatura que comenzó su período en diciembre de 2023.

Es decir:

el MPN perdió la cabeza del poder, pero conservó buena parte del cuerpo.

Y justamente ahí estaba su oportunidad.

Podía haber utilizado esa formidable estructura territorial y legislativa para reorganizarse, debatir las causas de la derrota, construir nuevos liderazgos, recuperar militancia y definir claramente qué significaba ser emepenista después de perder el gobierno.

El problema es que eso prácticamente no ocurrió luego de la derrota.

De la derrota a la parálisis

La primera alarma electoral posterior a abril llegó rápidamente.

En las elecciones nacionales de octubre de 2023, el MPN presentó a Sandro Badilla como candidato a diputado nacional y consiguió apenas alrededor del 7,7% de los votos, quedando cuarto y sin representación.

La fuerza que durante décadas había estructurado prácticamente toda la política neuquina pasó, en una elección nacional, a un dígito.

Dos años después ocurrió algo todavía más significativo.

En 2025, directamente resolvió no presentar candidatos en las elecciones nacionales.

La conducción justificó aquella decisión argumentando que competir sin estructura ni condiciones podía significar una nueva exposición electoral y sostuvo que no participar permitía “cuidar” al partido. Pero la propia documentación partidaria reconocía que intendentes y presidentes de comisiones de fomento provenientes del MPN habían comprometido su respaldo a los candidatos de Rolando Figueroa.

Aquella decisión podía interpretarse como prudencia táctica.

Vista desde 2026 también puede interpretarse de otra manera:

un partido que deja de competir empieza a acostumbrar a sus dirigentes, afiliados y votantes a que pueden hacer política sin él.

Y ese acostumbramiento puede ser mucho más peligroso que una derrota.

Los 32 intendentes: el número necesita una segunda pregunta

Cuando Álamo afirma que el MPN conserva 32 intendencias, exhibe un activo real.

Pero falta una pregunta:

¿cuántos de esos intendentes que estén habilitados para su reelección volverán a presentarse en 2027 utilizando la Lista 151 del Movimiento Popular Neuquino?. La respuesta es cero.

Ese es el dato políticamente decisivo.

Por eso contabilizar un intendente como patrimonio político únicamente porque llegó a su cargo mediante el MPN puede ser administrativamente correcto y electoralmente insuficiente.

Un dirigente puede haber sido elegido con un sello en 2023 y construir su reelección con otro en 2027.

Si eso ocurre de manera masiva, los 32 intendentes actuales pasarán a ser poder heredado, no poder reproducido.

El verdadero examen será la boleta de 2027

Este es probablemente el punto central de toda la discusión.

No habrá que esperar a 2031 para saber si el MPN se recuperó.

Bastará observar las boletas de 2027.

¿Cuántos candidatos a intendente competirán efectivamente por el MPN?

¿Cuántos diputados buscarán renovar utilizando el sello partidario?

¿Habrá candidato propio a gobernador?

¿Existirá una alianza donde el MPN participe como partido con identidad, lugares y capacidad de decisión?

¿O sus dirigentes aparecerán distribuidos entre Comunidad, Primero Neuquén y otros espacios?

Ahí se sabrá si estamos frente a una reorganización o frente a una transferencia ordenada del capital político construido durante seis décadas.

Primera minoría: otra fotografía que vence en 2027

Álamo también destaca correctamente que el MPN conserva la primera minoría en la Legislatura.

Pero nuevamente aparece el factor tiempo.

Los 10 diputados fueron electos en 2023.

Sus mandatos terminan en 2027.

Por lo tanto, esa representación no constituye una propiedad permanente del partido.

Es un mandato electoral con fecha de vencimiento.

Si una parte sustancial de esos dirigentes busca continuar su carrera dentro de Comunidad, Primero Neuquén u otros espacios, y si simultáneamente el MPN no presenta una lista competitiva propia, la primera minoría de 2026 podría transformarse rápidamente en una representación inexistente— después de diciembre de 2027.

Eso todavía no ocurrió y sería incorrecto presentarlo como un hecho consumado.

Pero la posibilidad política existe.

88.000 afiliados: el activo más importante y la contradicción más grande

El tercer argumento de Álamo es probablemente el más contundente.

El MPN conserva más de 88.000 afiliados, una cifra excepcional para un partido provincial y superior a la de las principales fuerzas tradicionales de Neuquén.

Eso debería constituir una fortaleza enorme.

Pero también obliga a formular otra pregunta incómoda:

¿para qué sirve tener 88.000 afiliados si prácticamente ninguno tuvo que elegir quién conduciría el partido?

En julio se anunciaba que distintos sectores habían reservado colores para competir y que debían renovarse 662 cargos, entre Junta de Gobierno, Convención y las 22 seccionales.

Finalmente, sólo una lista presentó candidatos para la conducción provincial, y en la única localidad que hubo internas (Centenario), el oficialismo debutó perdiendo.

Gabriel Álamo llegó a la presidencia sin una elección competitiva entre alternativas partidarias.

Eso puede describirse como “unidad”.

También corresponde preguntarse si no refleja debilidad competitiva, desmovilización o falta de voluntad para disputar realmente la conducción.

Unidad y unanimidad no siempre significan fortaleza.

A veces significan que el debate ya ocurrió, y a espaldas de los afiliados.

Otras veces significan que dejó de ocurrir.

Centenario rompió el relato

La única excepción fue Centenario.

Allí sí existieron dos listas.

Y ocurrió algo políticamente revelador.

La Lista Celeste y Blanca, perteneciente al sector que conducirá provincialmente el MPN, perdió frente a la Lista Roja de Claudio Machado.

Pero incluso ese resultado quedó eclipsado por otro número mucho más preocupante.

Sobre aproximadamente 6.600 afiliados habilitados, participó apenas alrededor del 12%.

Es decir:

en la única localidad de toda la provincia donde al afiliado realmente se le ofreció elegir entre dos propuestas, casi nueve de cada diez decidió no participar.

Esa cifra debería generar más reflexión interna que cualquier celebración institucional.

Un padrón numeroso mide afiliación.

La participación mide vitalidad.

Y hoy esas dos variables muestran realidades muy diferentes dentro del MPN.

Figueroa entendió antes que el MPN dónde estaba el poder

Hay otro elemento que el análisis partidario no puede ignorar.

Mientras el MPN discutía cómo reorganizarse, Rolando Figueroa comenzó a incorporar sistemáticamente parte del universo político que históricamente lo había sostenido.

En febrero de 2026 reunió en Aluminé a decenas de exintendentes del partido para comenzar a delinear la construcción electoral hacia 2027.

Entre los presentes estaba el propio Gabriel Álamo.

Este dato refleja la extraordinaria singularidad del proceso neuquino:

la dirigencia que pretende reconstruir el MPN también participa, en muchos casos, de la construcción política destinada a reelegir al hombre que derrotó electoralmente al MPN y gobierna mediante otro partido.

Eso no necesariamente constituye una contradicción si existe un acuerdo político explícito.

Pero sí exige una definición.

¿El MPN pretende recuperar el Gobierno?

¿Pretende asociarse con Figueroa?

¿Pretende integrarse a su coalición?

¿Pretende conservar solamente su personería y sus estructuras?

¿O espera que en algún momento Comunidad vuelva naturalmente hacia el MPN?

Un partido puede realizar alianzas.

Lo que no puede hacer indefinidamente es confundir una alianza con la ausencia de proyecto propio.

El escenario 2027-2031

Por eso corresponde tratar el período 2027-2031 como un escenario político y no como un resultado escrito anticipadamente.

Si los intendentes actuales que poseen posibilidad de reelección deciden competir mediante Comunidad o Primero Neuquén; si quienes finalizan su segundo mandato dejan sucesores dentro de esos mismos espacios; si los actuales diputados buscan continuidad en listas ajenas; y si el MPN vuelve a renunciar a presentar una oferta propia competitiva, entonces sí podría comenzar en diciembre de 2027 un fenómeno absolutamente inédito:

un Movimiento Popular Neuquino sin intendencias propias relevantes y con una representación legislativa drásticamente inexistente.

Y hacia 2031 desaparecerían también buena parte de los últimos mandatos territoriales originados todavía en la vieja estructura electoral.

No porque alguien hubiera prohibido el MPN.

No porque la Justicia le hubiera quitado su personería.

No porque sus 88.000 afiliados hubieran desaparecido.

Sino porque sus propios dirigentes habrían decidido construir su continuidad política mediante otros partidos.

Esa sería probablemente la forma más paradójica de desaparición política: seguir existiendo jurídicamente mientras se deja de existir electoralmente.

Pero el destino todavía no está escrito

La autocrítica también exige evitar el fatalismo.

El MPN no es hoy un partido inexistente.

Tiene afiliados, seccionales, legisladores, intendentes, historia, recursos humanos y una marca reconocida por prácticamente toda la sociedad neuquina.

Eso significa que todavía posee instrumentos para reconstruirse.

Pero primero debería admitir que administrar lo que queda no es lo mismo que reconstruir lo perdido.

Una recuperación real exigiría, como mínimo:

  • devolver competencia efectiva a las internas y permitir que los afiliados decidan entre proyectos diferentes;

  • definir con claridad cuál es la relación política con Rolando Figueroa;

  • establecer si el objetivo es recuperar el gobierno o integrarse institucionalmente a otra coalición;

  • presentar candidatos propios donde exista estructura y competitividad;

  • generar renovación generacional sin que los mismos dirigentes administren indefinidamente la transición;

  • recuperar las seccionales como centros de actividad política permanente y no solamente como estructuras electorales;

  • volver a discutir ideas, políticas públicas y un proyecto de provincia propio;

  • diferenciar cooperación institucional con el gobierno de subordinación electoral.

Porque un partido político no existe únicamente para conservar edificios, padrones, símbolos o autoridades.

Existe para representar ciudadanos, producir liderazgo y disputar democráticamente el poder.

Presidir lo que queda o reconstruir lo que fue

Por eso, las declaraciones de Gabriel Álamo pueden leerse de dos maneras.

Tiene razón cuando afirma que el MPN todavía posee una estructura extraordinaria.

32 intendencias, primera minoría legislativa y más de 88.000 afiliados no son números menores.

Sería absurdo negarlos.

Pero sería igualmente peligroso utilizarlos para transmitir una sensación de fortaleza que el comportamiento político cotidiano empieza a poner en duda.

Porque las intendencias tienen mandato.

Los diputados tienen mandato.

Y los mandatos vencen.

Los afiliados, mientras tanto, pueden permanecer durante décadas dentro de un padrón aunque hayan dejado de participar, militar o votar al partido.

La fortaleza verdadera no se mide por lo que quedó registrado de la elección anterior. Se mide por aquello que una fuerza política es capaz de volver a conquistar en la próxima.

Ahí estará la prueba.

2027 será la última gran oportunidad para responder

La derrota de 2023 podía interpretarse como un accidente electoral.

La mala elección nacional de ese mismo año podía explicarse por el contexto.

La ausencia en 2025 podía presentarse como una retirada estratégica.

La lista única de 2026 podía denominarse unidad.

Pero llega un momento en que la suma de explicaciones empieza a conformar una tendencia.

Y esa tendencia muestra hoy un partido con mucho patrimonio institucional pero cada vez menos autonomía política.

Por eso 2027 será decisivo.

Si el MPN vuelve a colocar su nombre frente a la sociedad, genera candidatos, recupera discusión interna y demuestra capacidad electoral, podrá iniciar una reconstrucción.

Si, por el contrario, sus principales dirigentes compiten bajo otros sellos y el partido vuelve a limitarse a acompañar, entonces habrá que admitir que el proceso iniciado en 2023 entró en una etapa mucho más profunda.

Ya no se tratará de haber perdido el Gobierno.

Se tratará de haber perdido progresivamente la necesidad de existir como herramienta electoral independiente.

Y allí los 88.000 afiliados, las 32 intendencias actuales o la primera minoría legislativa dejarán de alcanzar como argumento.

Porque la pregunta que deberá responder la nueva conducción no es cuántos cargos heredó del MPN que gobernaba.

Es mucho más simple y mucho más dura:

¿cuántos intendentes, diputados y votos será capaz de conseguir el MPN con su propia boleta en 2027?

La respuesta definirá buena parte de su camino hacia 2031.

El MPN no necesita que sus dirigentes le expliquen cuántas cosas todavía conserva. Necesita que expliquen cómo harán para que dentro de cuatro años esas cosas continúen perteneciendo al MPN.

Contar lo que queda nunca puede reemplazar la obligación de preguntarse por qué se perdió tanto y qué se está haciendo realmente para recuperarlo.

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