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Xi y Trump muestran cordialidad en Beijing, pero la guerra económica sigue abierta

Eres un gran líder. Se lo digo a todo el mundo...
InternacionalesRedacciónRedacción

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La llegada de Donald Trump a China estuvo rodeada de símbolos cuidadosamente calculados por el gobierno de Xi Jinping. Con despliegue militar, honores protocolares y una fuerte puesta en escena institucional, Beijing buscó exhibir estabilidad, autoridad y capacidad de interlocución frente a uno de los líderes que más endureció el discurso contra el gigante asiático en los últimos años.

La ceremonia oficial se desarrolló frente al Gran Salón del Pueblo, donde una guardia de honor militar recibió al mandatario estadounidense con salva de cañones y la interpretación del himno nacional de Estados Unidos. Durante el recorrido, Trump interrumpió en dos ocasiones el protocolo para saludar a grupos de escolares que agitaban banderas chinas y estadounidenses, en una imagen diseñada para mostrar distensión diplomática y acercamiento político.

El gesto más comentado ocurrió durante el saludo entre ambos mandatarios. Trump, tras estrechar la mano de Xi, se inclinó ligeramente y le dio una palmada en el brazo, una escena interpretada como una señal pública de cordialidad en un vínculo históricamente atravesado por la desconfianza estratégica.

Durante la jornada, el líder republicano multiplicó los elogios hacia su anfitrión. “Eres un gran líder. Se lo digo a todo el mundo”, afirmó Trump en declaraciones improvisadas ante funcionarios y periodistas. Más tarde, durante una visita protocolar al histórico Templo del Cielo, describió a China como un país “hermoso” y calificó las conversaciones bilaterales como una oportunidad “muy valiosa”.

La postal diplomática contrastó de manera contundente con el tono que Trump mantuvo durante años respecto a Beijing. Su construcción política incluyó reiterados ataques contra China, especialmente durante la campaña presidencial de 2016, cuando acusó al país asiático de perjudicar económicamente a Estados Unidos.

“No podemos seguir permitiendo que China viole a nuestro país”, había declarado entonces en uno de sus actos de campaña más duros. Años más tarde, profundizó esa retórica al asegurar que China “había estafado a Estados Unidos como nadie antes”, además de responsabilizar al país por la expansión global del COVID-19, al que denominó públicamente como el “virus chino”.

Incluso antes de regresar al escenario político central, Trump prometía en sus discursos “hacer que China pague”, consolidando un discurso nacionalista y proteccionista que derivó posteriormente en una de las mayores guerras comerciales entre ambas potencias.

En el momento más crítico de esa disputa económica, Washington y Beijing llegaron a imponerse mutuamente aranceles superiores al 100%, profundizando la tensión sobre los mercados globales, las cadenas de suministro y la estabilidad financiera internacional.

Aunque actualmente existe una tregua parcial entre ambas administraciones, el escenario continúa cargado de incertidumbre. La principal incógnita política y económica de esta visita gira en torno a si ese entendimiento temporal logrará sostenerse o si derivará en un nuevo acuerdo estructural entre las dos principales potencias del planeta.

Detrás de los gestos diplomáticos y la cordialidad pública, persisten diferencias profundas sobre comercio, tecnología, influencia geopolítica y liderazgo global. La relación entre Washington y Beijing sigue oscilando entre la cooperación táctica y la competencia estratégica.

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